12O: Ni súbditas ni vasallos

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Por Laura Arroyo Gárate.

Creo que no había sido nunca tan consciente del 12 de octubre como desde que vivo en España. No sólo soy profundamente consciente de esta fecha en estas latitudes, sino que conforme han ido pasando los años siento mayor indignación. Un sentimiento in crescendo, una náusea que no recula, una sensación de ahogo rabioso por este festivo que se celebra en el país que me acoge y que ningún español y ninguna española merece.

Sobre racismo, clasismo y colonialismo sabemos muy bien las migrantes latinoamericanas. Lo vivimos el primer día que pisamos el Aeropuerto de Barajas cuando según nuestra apariencia se detiene a alguna para abrirle la maleta sin obviar, por cierto, el maltrato de los policías encargados de ello que te tratan como delincuente antes de probarlo. Sobre racismo, clasismo y colonialismo sabemos bien las migrantes latinas como cuando el segundo año que llevaba aquí y viaje a Perú a visitar a mi familia al volver a entrar en Madrid me preguntaron “¿Trabajas en España? ¿En qué?” Y tuve el doble pecado de ser la migrante que tenía un trabajo y que este fuera trabajar en un partido de izquierdas como Podemos. Más de una hora esperando que revisen cada una de las cosas que llevaba en la maleta. Sobra decir que lo que para algunos es un sencillo viaje, para algunas y algunos migrantes es una tensión constante porque nunca sabes qué tipo de racismo te encuentre en el aeropuerto al llegar. Sobre racismo, clasismo y colonialismo sabemos bien las migrantes cuando cada año para renovar nuestro documento de identidad no debemos ir a un municipio o a una ventanilla en alguna institución, sino al mismísimo CIE, ese centro donde internan ilegalmente a extranjeros que no han cometido otra falta que una administrativa. Pero los tienen ahí encerrados a vista y paciencia indiferente del mundo, y nos llevan ahí para recordarnos que da igual que coticemos mensualmente, que da igual que paguemos nuestros impuestos, que da igual que construyamos este país con nuestro trabajo, que da igual que seamos “formales” -odiando el término- pues siempre seremos extranjeros y por tanto sospechosos y sospechosas. Siempre culpables, siempre de menor jerarquía, siempre ajenos y merecedores del racismo institucional que en España nos maltrata desde el primer día.

Nos siguieron cobrando todos los meses pero nos quitaron un derecho fundamental.

Pero soy una privilegiada. Pienso en las miles que no pueden siquiera pedir un trabajo pues para trabajar necesitas tener el documento de identidad en regla y para tenerlo necesitas tener un contrato de trabajo vigente. No es un círculo vicioso, es un círculo perverso. Tienes obstáculos para querer ser legal y cumplir las normas porque se encargan de hacerlo imposible. Pienso en las miles que perdieron el acceso a la sanidad pública en plena pandemia. ¿Sabías que como migrantes nuestra tarjeta sanitaria depende de la vigencia de nuestro documento de identidad? Vale decir, que si nuestro documento caduca no podemos acceder a la sanidad pública. Y ¿sabías que durante la pandemia las citas para revalidar este documento tardaban tanto por el contexto de emergencia que muchos y muchas migrantes perdieron acceso a la salud? ¡Ah! Pero ninguno dejamos de cotizar un día a la seguridad social. Nos siguieron cobrando todos los meses pero nos quitaron un derecho fundamental.

Pienso también en las miles que desesperadas para poder llenar la nevera aceptan trabajar en una precariedad insultante, pagadas en negro pues no pueden firmar contratos y siendo maltratadas en derechos laborales. Díganme ustedes, ¿en qué se diferencia de la esclavitud ganar 30 euros semanales (en los mejores casos) por haber trabajado más de ocho horas diarias limpiando suelos, ventanas y atendiendo a mayores dependientes? ¿Creen que las migrantes elegimos estos trabajos porque “se nos dan mejor”, o porque tendemos mejor la cama que un español, bañamos a un abuelo mejor que un español o barremos el suelo mejor que un español? No. Es porque miles no tienen alternativa. Y cuando la pandemia empezó, nadie pensó en ellas. Siempre a merced de un sistema que nos invisibiliza.

Esa esclavitud del siglo XXI —donde unos euros la disfrazan de trabajo precario cuando debería llamarse esclavitud del neoliberalismo—campea sumergida en las calles de España. Pero todos saben de ella. No es casual que se roten los números de quienes desarrollan estas tareas entre las amigas del barrio para poder llamar a su “panchita” cuando la necesiten, eso sí, sin “maleducarla” pagándole más. Nuestros rostros, nuestros cuerpos, nuestros rasgos y nuestro acento siguen siendo percibidos no como extranjeros, sino como inferiores. De ahí que más de una vez haya pillado el tono de sorpresa cuando digo que trabajo en tal o cual lugar. Porque soy una excepción privilegiada pero nunca olvido mi lugar de enunciación. Porque da exactamente igual mi salario cuando en la fila que hacemos en el CIE (una fila que puede tardar horas) nos miramos las unas a las otras sabiendo que de alguna manera nos expulsan a todas.

Esa Ley de Extranjería que nos maltrata es un lastre que ya quisiéramos abolir en todos sus capítulos. Pero es un tema que nunca está en agenda. Cuando se habla de migrantes se piensa solo en los refugiados que suelen padecer historias terribles y a quienes no dejan ni ingresar al país. Cuando se habla de migrantes en la televisión es para decir que somos quienes “ocupan” viviendas vacías y que somos un problema para la seguridad ciudadana. Cuando se habla de migrantes se nos dice que estamos quitándole el trabajo a españoles cuando lo que hacemos es dinamizar la economía. Y falsamente la ultraderecha quiere dividirnos entre migrantes de primera y segunda clase, entre los que vienen de África y por tanto, merecen seguir llenando esa fosa común que se ha convertido el Mar Mediterráneo, y los que venimos de Latinoamérica pues, según gente como Abascal o Ayuso “somos más parecidos a los españoles en nuestras costumbres”. Pero mienten. Lo que realmente dicen es que nosotros somos súbditos y vasallos útiles. Que como fuimos colonia podemos volver a serlo. Que con un poco de condescendencia los volveremos a llamar “patrón”. Abascal y Ayuso son esa España que por suerte no es mayoritaria, pero que sigue considerando nuestro continente como las colonias de esta España que hace mucho dejó de ser imperio.

Estos partidos deberían ser considerados enemigos del pueblo peruano porque, de facto, lo están siendo.

Keiko Fujimori, reunida el 25 de setiembre con representantes de VOX. {Créditos: Twitter de Keiko Fujimori}.

Estos días la ultraderecha y la derecha han dejado de diferenciarse. Se han hecho cargo de recordarnos gritándonos a la cara: Viva el “Imperio” Español. Habituados al negacionismo que protagonizan, quieren reescribir la historia. Y lo hacen pisoteando nuestra memoria. Llamando caníbales a mis antepasados y salvajes a las culturas de las que desciendo. Y cuando recuerdo a Santiago Abascal de Vox diciendo que nos libraron de nosotros mismos entiendo por qué con cada año que pasa siento más rabia contra un discurso que lo que hace es reducirme a la más mínima expresión, despojándonos de nuestra tradición y de nuestros lugares de pertenencia. Porque aunque los fascistas se empeñen en negarlo, nuestro lugar de pertenencia es heroico, sabio y hermoso. No podemos cederles ni un paso.

De ahí que me indigne y preocupe aún más que Keiko Fujimori grite “Viva España” en un gesto que se asemeja a arrodillarse ante un rey. ¿Qué clase de representante política puede disponerse a vender a su propio país por conseguir el aval de un líder al que ve como superior? ¿No deberíamos haber vomitado de indignación al oírla? Los medios se encargaron de que tú que me lees ni te enteraras del asunto. De ahí que me indigne y preocupe aún más que todas las bancadas de derecha (Renovación Popular, Avanza País, etc.) se sentaran a firmar un comunicado conjunto con VOX, este partido político español que nos insulta, nos discrimina, nos expulsa de España a todas y todos los peruanos migrantes (excepto a Vargas Llosa claro, porque esto va de castas) y que, además, nos despoja de nuestra historia e insulta lo más valioso de nuestra memoria. Insulta a nuestro pueblo pero tiene el beneplácito de estos partidos de derecha para hacerlo. Estos partidos deberían ser considerados enemigos del pueblo peruano porque, de facto, lo están siendo.

Un paracaidista de la Patrulla Acrobática de Paracaidismo del Ejército del Aire (PAPEA) salta sobre la plaza de Lima durante la celebración del Día de la Fiesta Nacional en 2021.  {Créditos: Andrea Comas}.

Aquí en Madrid, sobrevolarán helicópteros durante todo el día festejando su falso día de “la hispanidad”. Desfilarán batallones saludando al Rey pese a que la mayoría de españoles y españolas ya no cree en la monarquía (ver la encuesta de hoy). Los partidos de derecha y ultraderecha ratificarán su “Viva España” que ahora se ha convertido en un grito de nostalgia por el Imperio que quieren reconstruir. Un Imperio donde el neoliberalismo que mata a las mayorías sociales sea el modelo por excelencia y donde el liderazgo político lo ejerzan en Madrid pero que buscan “irradiar” no solo a España sino a “sus” colonias. Ese es el papel que quieren para Latinoamérica el Partido Popular y VOX. Y ese es el papel que sus súbditos de las formaciones políticas de derecha peruanas han aceptado agachando la cabeza y enorgulleciéndose de traicionar a sus propias raíces.

¿Y las izquierdas? Aquí y allá defendemos un “nada que celebrar” que cada año me suena más a insuficiente. Si ellos aumentan la ofensiva nosotros también hemos de hacerlo. Dejemos el pasivo “nada que celebrar” y empecemos ya con el “todo por lograr”. Aquí, derogando la infame Ley de Extranjería con la presión dentro y fuera del gobierno. Allá, denunciando el colonialismo que pretende sostener un sistema de discriminación que se ha visto quebrado ya con la victoria de un Presidente como Pedro Castillo.

No olvidemos que ellos son la reacción. Reaccionan con todo lo que tienen a estos avances que en todo Latinoamérica se han venido dando los últimos años. En Perú, en Chile, en Ecuador, en Bolivia, etc. Reaccionan con su última carta a utilizar: la vía antidemocrática. Inventándose un enemigo que no existe, pasando del terruqueo al “comunisteo” de todo aquel que ose viniendo del pueblo a ejercer sus derechos y a tomar puestos en los espacios de decisión. No quieren que tengamos ningún poder. Y eso es lo que nos jugamos internacionalmente los y las defensoras de un futuro distinto en igualdad. No perdamos de vista la batalla que tenemos entre manos y no permitamos que del otro bando quieran reescribir una historia que nunca fue suya, que es nuestra.

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